OBRA DE DIOS
La "obra de Dios" se refiere a sus acciones creativas, poderosas y redentoras en el mundo y en la vida de las personas, incluyendo la creación, la revelación de su amor y justicia, la salvación a través de Jesús, y la transformación interior de los creyentes mediante el Espíritu Santo para hacer buenas obras, todo un proceso que culmina en su propósito eterno y la manifestación de su gloria.
Los Frailes Conventuales de la Divina Misericordia
somos hombres que nos apartamos del mundo para dedicar nuestras vidas a la oración y al trabajo comunitario utilizando la regla carmelita como base para dirigir nuestro estilo de vida, como un medio para alcanzar la santidad.
A través de nuestras vidas deseamos i,pactar e irrumpir en las vidas de los demás hombres para acercarles a Dios.
Lo que Jesús puso por obra nos lo mandó también hacer a nosotros… nos advirtió que la oración es necesaria, y que debe ser humilde, atenta, perseverante y confiada en la bondad del Padre, pura de intención y concorde con lo que Dios es. Así pues, participar en la oración y amor de Cristo es una expresión entre Cristo y aquellos hombres que Él ha hecho miembros de su cuerpo.
Vida Monástica
La vida monástica es un estilo de vida religioso que implica la dedicación a prácticas espirituales y una vida en comunidad.
En la Iglesia Católica, la vida monástica implica ascetismo, vida en comunidad y devoción a las prácticas espirituales, a menudo separada de la sociedad secular. Se caracteriza por la sujeción y el discipulado, con deberes y restricciones específicas.
Los monjes y monjas viven una vida de devoción religiosa que incluye la oración y el trabajo.
El deseo de apartarse de las distracciones para experimentar a Dios es fundamental.
La "Vida monástica" en la historia cristiana se refiere a un estilo de vida dedicado a prácticas religiosas, a menudo en comunidad y bajo votos religiosos.
En nuestra congregación los frailes emiten los votos de obediencia, castidad y pobreza.
Nuestro Llamado Personal
Los seres humanos deberíamos afirmar nuestras vidas en la realidad de la Presencia de Dios,conversando continuamente con Él,
Estamos llamados a nutrir y alimentar nuestras almas, llenándolas con pensamientos enaltecidos acerca de Dios, y eso nos colmará del gran gozo de estar dedicados a Él.
Debemos acrecentar y dar vida a nuestra fe.
Deberíamos entregarnos a Dios tanto en las cosas temporales como en las espirituales.
Vida de Oración
Para un monje, la vida no está marcada tanto por el reloj como por la oración. Es la Liturgia de las Horas – llamada también Opus Dei, “obra de Dios” – la que da ritmo al tiempo y sentido a las jornadas. San Benito, con su Regla, comprendió su centralidad hasta afirmar: «Nada se anteponga al Opus Dei». No se trata de un simple deber o de una práctica ritual, sino de una experiencia vital que transforma el tiempo en ofrenda a Dios. La Liturgia de las Horas no pertenece exclusivamente a los monjes: es oración de toda la Iglesia, voz de Cristo que continúa alabando al Padre a través de los salmos, en la comunión de los fieles. Pero en el monasterio alcanza su forma más pura y radical, convirtiéndose en la columna vertebral de una vida totalmente entregada a Dios.
La Liturgia de las Horas, también conocida como Oficio Divino o la obra de Dios (opus Dei), es la oración diaria de la Iglesia, que marca las horas de cada día y santifica el día con oración.
Las Horas son un diálogo meditativo sobre el misterio de Cristo, que usa Escritura y oración. A veces el diálogo es entre la Iglesia o el alma individual y Dios; a veces es un diálogo entre los miembros de la Iglesia y a veces es incluso entre la Iglesia y el mundo. El Oficio divino es "verdaderamente la voz de la Esposa misma dirigida al Esposo. Es la propia oración que Cristo junto con su Cuerpo dirige al Padre" (Sacrosanctum Concilium, n. 84). El diálogo siempre se lleva en presencia de Dios y utilizando las palabras y la sabiduría de Dios.
Hoy día, la Liturgia de las Horas sigue la oración de Cristo, y tiene como propósito "la santificación del día y de todo el esfuerzo humano.
Vocación Monástica
Quiero ser monje...
La vida monástica se llama así porque viene de monos (‘uno’ en griego), y significa que el monje se dedica a una sola cosa, como dijo Jesús a Marta en el Evangelio, a lo único importante, a Dios. El monje consagra su vida totalmente a Dios y sólo a Él, y de ahí la necesidad de apartarse y vivir en clausura (no por miedo y ni rechazo a los hombres…no es eso, para nada, sino para poder dedicarse en cuerpo, alma, y afectos, a sólo Dios), a amarlo y servirlo por todos los hombres que no lo aman ni sirven.
Dios es un Dios celoso (Ex 20, 5) y por esto es que esta consagración debe ser total, entregándole todo nuestro cuerpo, alma y afectos a Dios. De aquí se siguen algunas disposiciones mínimas para el que desea ser monje. El deseo de consagrarse totalmente a Dios y no buscar en esta vocación una escapatoria a los problemas que uno pueda tener. El deseo de abandono total en Dios.
Tener una vida intensa de Fe, es decir, creer en las verdades que profesa la Iglesia Católica y vivirlas-practicarlas ya que, en esta vocación, la monástica, serán de fundamento para la unión con Dios.
Y como el amor a Dios va unido al amor al prójimo…(como dice San Juan en su carta “no se puede amar a Dios a quien no se ve, si no se ama al prójimo a quien se ve”) es que esta vida contemplativa implica también una entrega generosa a los hombres… de hecho, toda la vida de oración y penitencia se ofrece por la salvación y santificación de los hombres, de los que nos piden oraciones, de los que sufren, de los que no conocen a Dios…etc.
Realmente es un gran regalo de Dios el poder vivir dedicados a El, y a la vez, a todos los hombres, pues son innumerables los que nos piden diariamente oraciones, ayuda, consejo, etc…además el monje ayuda al mundo con la sola presencia, pues es un testimonio vivo en medio del mundo materialista, de que Dios existe, que tenemos un alma, que lo más importante es salvarla…el monje, aún en vida, da su vida para dar testimonio de esta gran verdad. El monje desea consumir su vida por amor a Dios y al prójimo. Por eso, en cierto modo, se asemeja al mártir, en cuanto que debe tener su misma disposición interna “dar la vida por Cristo”.
¿Cómo vivir una vida para alcanzar la santidad?
"Vivir en obsequio de Jesucristo".
“Vivir en obsequio de Jesucristo” es un estilo de vida que abrazamos; es vivir la vida entregada a los demás, es no reservarnos los dones que Dios nos ha dado, sino vivirlos como un obsequio que queremos compartir con los demás.
Por ello, vivir en santidad es un proceso continuo de alineación de nuestras vidas con la voluntad de Dios, caminando junto a Jesús, apartándonos del pecado y buscando ser transformados por el Espíritu Santo.
No es buscar la perfección sino una dedicación diaria a Él, lo cual implica hábitos espirituales como la oración, lectura de la Biblia, adoración, y servicio, siendo el resultado de la salvación, no la causa, para reflejar a Cristo en la vida diaria y ser un testimonio para otros.
En Juan 6:35, Jesús dice: "Yo soy el pan de vida", significa que Él es el sustento espiritual supremo que sacia el hambre y sed profundas del alma, no solo el alimento físico como el pan que alimentó a la multitud; quien viene a Él y cree, encuentra vida eterna y verdadera satisfacción, siendo Él la fuente de vida eterna que Dios el Padre ha provisto, superior al maná del desierto.
¿Qué implica vivir en santidad?
Los cinco pasos para santificar la vida ordinaria
1. Amar la realidad de nuestras circunstancias presentes
2. Descubrir ese “algo divino” oculto tras los detalles
3. Buscar la unidad de vida
4. Ver a Cristo en los demás
5. Hacerlo todo por amor
1. Amar la realidad de nuestras circunstancias presentes
“¿Quieres de verdad ser santo?”, preguntaba san Josemaría. “Cumple el pequeño deber de cada momento: haz lo que debes y está en lo que haces”. Más tarde, desarrollaría esta perspectiva realista y concreta de la santidad en medio del mundo en la homilía Amar al mundo apasionadamente: “Dejaos, pues, de sueños, de falsos idealismos, de fantasías, de eso que suelo llamar mística ojalatera —¡ojalá no me hubiera casado, ojalá no tuviera esta profesión, ojalá tuviera más salud, ojalá fuera joven, ojalá fuera viejo!…—, y ateneos, en cambio, sobriamente, a la realidad más material e inmediata, que es donde está el Señor”.
Este “santo de lo ordinario” nos invita a sumergirnos de verdad en la aventura de lo cotidiano: “No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca”.
2. Descubrir ese “algo divino” oculto tras los detalles
“Dios está cerca”, afirmaba Benedicto XVI. Este es también el camino en el que san Josemaría acompañaba dulcemente a sus interlocutores: “Vivimos como si el Señor estuviera allá lejos, donde brillan las estrellas, y no consideramos que también está siempre a nuestro lado”.
¿Cómo encontrarlo, cómo establecer una relación con Él? “Sabedlo bien: hay algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que os toca a cada uno de vosotros descubrir”.
En el fondo, se trata de transformar todas las circunstancias de la vida corriente, agradables o menos agradables, en fuente de diálogo con Dios. Y por tanto de contemplación: “Pero esa tarea vulgar —igual que la que realizan tus compañeros de oficio— ha de ser para ti una continua oración, con las mismas palabras entrañables, pero cada día con música distinta. Es misión muy nuestra transformar la prosa de esta vida en endecasílabos, en poesía heroica”.
3. Buscar la unidad de vida
La aspiración a una vida de oración auténtica está íntimamente ligada a una búsqueda de mejoría personal, a través de la adquisición de virtudes humanas “engarzadas en la vida de la gracia. Paciencia ante el adolescente rebelde, sentido de amistad y capacidad de fascinación en las relaciones con los demás, serenidad ante un fracaso doloroso…
Aquí está la “materia prima” del diálogo con Dios, el campo de ejercicio de la santificación.
Se trata de “materializar la vida espiritual” para evitar la tentación de “llevar como una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas”.
4. Ver a Cristo en los demás
Nuestra vida cotidiana es esencialmente una vida de relaciones, familiares, amistosas, profesionales… Fuentes de alegría al igual que de tensiones inevitables. El secreto es saber “reconocer a Cristo, que nos sale al encuentro, en nuestros hermanos los hombres. Ninguna persona es un verso suelto, sino que formamos todos parte de un mismo poema divino, que Dios escribe con el concurso de nuestra libertad.
Las relaciones cotidianas adquieren, desde ese momento, también, un relieve insospechado.
—Niño. —Enfermo. —Al escribir estas palabras, ¿no sienten la tentación de ponerlas con mayúscula? Es que, para un alma enamorada, los niños y los enfermos son Él.
Y de ese diálogo íntimo y continuo con Cristo deriva también de forma natural las ganas de hablar a los demás de Él:
“El apostolado es amor de Dios, que se desborda, dándose a los demás”.
5. Hacerlo todo por amor
Todo lo que se hace por Amor adquiere hermosura y se engrandece. No se trata de intentar hacer grandes acciones o esperar circunstancias extraordinarias para comportarse de forma heroica. La cuestión es, más bien, esforzarse humildemente en el pequeño deber de cada momento poniendo todo el amor y toda la perfección humana de los que seamos capaces.