OBRA DE DIOS

Los Ermitaños de la Divina Misericordia son frailes que se apartan del mundo para dedicar sus vidas a la oración y al trabajo comunitario utilizando la regla carmelita para dirigir su estilo de vida.

Lo que Jesús puso por obra nos lo mandó también hacer a nosotros… [nos] advirtió que la oración es necesaria, y que debe ser humilde, atenta, perseverante y confiada en la bondad del Padre, pura de intención y concorde con lo que Dios es. Así pues, participar en la oración y amor de Cristo es una expresión entre Cristo y aquellos hombres que Él ha hecho miembros de su cuerpo.

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Vida Monástica

La vida monástica es un estilo de vida religioso que implica la dedicación a prácticas espirituales y una vida en comunidad.

En la Iglesia Católica, la vida monástica implica ascetismo, vida en comunidad y devoción a las prácticas espirituales, a menudo separada de la sociedad secular. Se caracteriza por la sujeción y el discipulado, con deberes y restricciones específicas.

Los monjes y monjas viven una vida de devoción religiosa que incluye la oración y el trabajo. 

El deseo de apartarse de las distracciones para experimentar a Dios es fundamental. 

La "Vida monástica" en la historia cristiana se refiere a un estilo de vida dedicado a prácticas religiosas, a menudo en comunidad y bajo votos religiosos. 

En nuestra congregación los frailes emiten los votos de obediencia, castidad y pobreza.

 

De las Escrituras de hoy:

“Al día siguiente, vio a Jesús Se acerca a él y le dice: ‘He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’”.

—Jn 1, 29.

Imagine que usted está entre la multitud con Juan. Mientras escucha, ve a Juan levantar la vista. Usted sigue su mirada y ve a un hombre caminando hacia él. Mientras camina, se gira hacia usted y usted se encuentra mirándolo a los ojos. En su mirada hay puro amor y misericordia. Entonces, usted oye a Juan proclamar: “He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Usted mantiene la mirada fija en él mientras cae de rodillas. Su corazón se llena de asombro, alegría y paz. No quiere separarse de ese momento. Al desvanecerse la escena, usted se encuentra de pie con otros feligreses frente al altar. El sacerdote levanta la hostia diciendo: “He aquí el Cordero de Dios, he aquí al que quita el pecado del mundo. Bienaventurados los llamados a la cena del Cordero”.

Jesús viene a nosotros siempre con la esperanza de que lo veamos y vayamos a él. ¿Lo vemos en los demás? ¿Lo vemos y deseamos pasar tiempo con él en el Santísimo Sacramento? ¿Lo vemos en los sacramentos?

 

Oremos:

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros.

 

Vida de Oración

Para un monje, la vida no está marcada tanto por el reloj como por la oración. Es la Liturgia de las Horas – llamada también Opus Dei, “obra de Dios” – la que da ritmo al tiempo y sentido a las jornadas. San Benito, con su Regla, comprendió su centralidad hasta afirmar: «Nada se anteponga al Opus Dei». No se trata de un simple deber o de una práctica ritual, sino de una experiencia vital que transforma el tiempo en ofrenda a Dios. La Liturgia de las Horas no pertenece exclusivamente a los monjes: es oración de toda la Iglesia, voz de Cristo que continúa alabando al Padre a través de los salmos, en la comunión de los fieles. Pero en el monasterio alcanza su forma más pura y radical, convirtiéndose en la columna vertebral de una vida totalmente entregada a Dios.

La Liturgia de las Horas, también conocida como Oficio Divino o la obra de Dios (opus Dei), es la oración diaria de la Iglesia, que marca las horas de cada día y santifica el día con oración.

Las Horas son un diálogo meditativo sobre el misterio de Cristo, que usa Escritura y oración. A veces el diálogo es entre la Iglesia o el alma individual y Dios; a veces es un diálogo entre los miembros de la Iglesia y a veces es incluso entre la Iglesia y el mundo. El Oficio divino es "verdaderamente la voz de la Esposa misma dirigida al Esposo. Es la propia oración que Cristo junto con su Cuerpo dirige al Padre"  (Sacrosanctum Concilium, n. 84). El diálogo siempre se lleva en presencia de Dios y utilizando las palabras y la sabiduría de Dios.

Hoy día, la Liturgia de las Horas sigue la oración de Cristo, y tiene como propósito "la santificación del día y de todo el esfuerzo humano.

 

Vocación Monástica

Quiero ser monje...

La vida monástica se llama así porque viene de monos (‘uno’ en griego), y significa que el monje se dedica a una sola cosa, como dijo Jesús a Marta en el Evangelio, a lo único importante, a Dios. El monje consagra su vida totalmente a Dios y sólo a Él, y de ahí la necesidad de apartarse y vivir en clausura (no por miedo y ni rechazo a los hombres…no es eso, para nada, sino para poder dedicarse en cuerpo, alma, y afectos, a sólo Dios), a amarlo y servirlo por todos los hombres que no lo aman ni sirven.

Dios es un Dios celoso (Ex 20, 5) y por esto es que esta consagración debe ser total, entregándole todo nuestro cuerpo, alma y afectos a Dios. De aquí se siguen algunas disposiciones mínimas para el que desea ser monje. El deseo de consagrarse totalmente a Dios y no buscar en esta vocación una escapatoria a los problemas que uno pueda tener. El deseo de abandono total en Dios.

Tener una vida intensa de Fe, es decir, creer en las verdades que profesa la Iglesia Católica y vivirlas-practicarlas ya que, en esta vocación, la monástica, serán de fundamento para la unión con Dios.

Y como el amor a Dios va unido al amor al prójimo…(como dice San Juan en su carta “no se puede amar a Dios a quien no se ve, si no se ama al prójimo a quien se ve”) es que esta vida contemplativa implica también una entrega generosa a los hombres… de hecho, toda la vida de oración y penitencia se ofrece por la salvación y santificación de los hombres, de los que nos piden oraciones, de los que sufren, de los que no conocen a Dios…etc.

Realmente es un gran regalo de Dios el poder vivir dedicados a El, y a la vez, a todos los hombres, pues son innumerables los que nos piden diariamente oraciones, ayuda, consejo, etc…además el monje ayuda al mundo con la sola presencia, pues es un testimonio vivo en medio del mundo materialista, de que Dios existe, que tenemos un alma, que lo más importante es salvarla…el monje, aún en vida, da su vida para dar testimonio de esta gran verdad. El monje desea consumir su vida por amor a Dios y al prójimo. Por eso, en cierto modo, se asemeja al mártir, en cuanto que debe tener su misma disposición interna “dar la vida por Cristo”.

 

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